domingo, julio 22, 2007
sábado, julio 21, 2007
Quieta Carrara
Postrada, en inútil resistencia, en frágil, incrustado equilibrio, espero. No me quedan ojos que lo constaten, pero sé que soy vista. Alguien viene y me observa, hay quien sobre mí derrama relámpagos artificiales, se marcha, me olvida. Ese alguien se multiplica, y gracias a una voz dotada de lenguas no hay día que alguien no detenga en mí su mirada. Acaso esa voz me ame... ¿será posible? tras todos estos años ¿podrá su vista tan acostumbrada a mis formas, amarme? Si tan sólo le fuera concedido tocarme, como en las estaciones soleadas en las que siento el calor del sol arrastrase por esa ventana hasta trepar por mi cuerpo, hasta darle descanso a estos pezones de frío erguidos. Pero no, yo que estoy ciega, que carezco de rostro, de paso y yemas dactilares, no puedo ser tocada. Postrada, en inútil resistencia, en frágil, incrustado equilibrio, espero: su mano posada en mi espalda, diminuta y tibia ¿cuándo se atreverá por fin a empujarme? Imagino entonces una existencia diversificada, un ser en astillas dispersas por el mundo, una vuelta, como todos, a la tierra. lf.
viernes, julio 20, 2007
París, día 3, 12/07/07, día laargo, noche de blogueros
El día fue largo, pinto tres postales hasta sumergirnos en la noche de los blogueros:
Postal 1, El Louvre.


Cuernito con mermelada, café olé, un galuasillo matinal ¡fuera! Empezó la competencia para más-mirar el Louvre en medio de un día nublado. Entramos sin sigilo como buenos turistas a ver lo que se supone que hay que ver. Es decir, a saludar al póster de la Monalisa a 10 mts. de distancia, tras un cristal y un chingo de turistas con cámara. ¿Quién se cree que esos cuadros, al alcance de un mocoso de tres años que ose estirar la mano, son los verdaderos? No creo que importe mucho, la mayoría de la gente ya no va a ver los cuadros, sino a tomarse una foto con ellos para que quede constancia de que estuvieron ahí. El cuadro les vale madres. Como sea yo fui feliz con la colección egipcia y, por la tarde a esculturas griegas varias. Prometo pormenores en postales posteriores.
Postal 2, Pato a la pantunfla

En el inter nos escapamos a una comida con pato que nos invitaron una amiga inquieta que para burlarse de sí misma dice tener cerebro de pantunfla, y un sabio sonriente con una mano de madera oculta, junto con su historia, en un guante negro. Son los seguidores del Santo Santiago, los que en su nombre han vivido aventuras por todo el mundo, los que por él protegidos van tejiendo historias. De ellos aprendemos siempre que, con la edad, las energías y la sed de aventura debe ir in crescendo.
Postal 3, Balthus y esculturas vivientes

Entrada ya la tarde nos arrastramos, agotados, por las escaleras eléctricas del Pompidú. Vimos nuestros primeros Kandinskis, Pollocks y Modiglianis, pero fue con Balthus con quien tuve que frenar mis manos. De pronto el cuadro no era eso, sino una escultura de arena desvelando un sexo ténuemente iluminado. Que la imagen surja así de la textura es sublime. S. tuvo que arrastrarme lejos del cuadro, recordarme que teníamos una cita, y me prometí volver a ese cuadro, algún día, mientras las esculturas vivientes le daban la espalda a París y vigilaban nuestra huída con su alma vaporosa.
La noche de los blogueros
Corrimos, literalmente, por las calles de París en busca de su cementerio. Ahí habíamos quedado de vernos con Harmodio, a quien no conocíamos y a quien le había dado por referencia, como si todo el mundo se citara en el Panteón, que llevaría una bolsa inconfundiblemente amarilla. Al llegar lo reconocimos junto a otros dos amigos que sí conocíamos. Me sorprendió que fuera más joven de lo que yo lo imaginaba, que no sostuviera en frágil equilibrio a su amada bicicleta que si no mal recuerdo se llama Valkiria, que no llevara puesta una camiseta inconfundiblemente mexicana. Antes que las preguntas sus ojos llevaban escudriñándonos -sí, bolsa amarilla- toda la explanada. Musofóbico de mirada oscura y curiosa, nos llevó a un bar que dice es mítico, tendría que serlo llamándose el Pantalón y teniendo una perra regordeta inspeccionando alegre las piernas de todos los clientes.
Hablamos un poco del blog, él dijo que era curioso cómo uno se forma imágenes de la gente, pero no me dijo nada sobre cómo me había imaginado. Conversamos también sobre ex-oruga gritona, nos confesamos fans y concluimos que si vive en Venado Tuerto es porque está terriblemente enamorado. Pronto la conversación derivó hacia los corpus lingüísticos, la programación y los tipos de léxico. Logramos que nuestros amigos mexicanos, padre e hija, se bebieran 3 chelas a pesar de la tarea de francés y los proyectos sobre los cuales dar cuenta y se quedaron hasta poco después de que llegó el resto de la banda hispano-francesa.
¿Debo nombrarlos? Ninguno lee mi blog así que supongo que da igual: llegaron el Copista, Hanna y Marcos. Su llegada fue contundente, cargada de acentos locales, de delicias lingüísticas sin contaminar por su estancia en el extranjero. Aunque Hanna se dedica a la investigación sobre el exceso de vida y la incapacidad de morir de las células cancerígenas, también escribe, así que en tanto el Copista le entregó a Harmodio una copia comentada de su novela (sí, la tan anunciada, sufrida y extrañada en Malversando), aquello se convirtió no en un taller literario, pero sí en una reunión de talleristas que se conocen muy bien. Me sorprendió que estuvieran tan seguros de su arte y del de sus compañeros. La noche fue desdoblándose en secretos a voces sobre sus amados autores. El Copista tuvo a bien narrarnos su tesoro: un golpe accidental que dejó con la nariz sangrante a un skin y que le ganó una tarde en compañía de Bolaño. Luego defendió a capa y espada que el siglo XX era de Borges. Con Marcos discutimos Tala y si aquel desdén por Viena sería o no una tradición; sostuve, sí, en París, que demasiado bienestar lleva siempre a un vacío, pero no sé si alguien, además de S. comprendía lo que quería decir. También intenté explicarle que para nosotros, que no tenemos vida social, el blog es otra forma de existencia y de sentido, más allá de la elaboración de personajes.
Las chelas se multiplicaron, los hombres jugaron a entretenerse con una mesera semioriental ( pero era ella la que se entretenía con ellos). Le confesé a Hanna que el gesto de pegarse una cinta de empaque con el letrero "Frágil" en la cintura era un acto revelador y lleno de valentía. Quería decirle que la fragilidad es valiosa y que su admisión, así, en medio de la noche, protege su inocencia, pero éramos demasiados y yo acababa de conocerla. La noche en París es corta y la chela cara, debe ser por eso que todos se pusieron muy jarras muy pronto. Hubiera deseado que la noche fuera más larga, las chelas más baratas y la lucidez más aguantadora. Hubiera querido platicar más con Harmodio, sobre los libros que no le robó a su vecina, sobre la gramática del espacio como posibilidad narrativa, sobre los garabujos y el mixionario. A las 2 am. Hanna recordó que al día siguiente tenía una entrevista de trabajo a las 10 y se puso a perseguir taxis. Marcos hizo el cuatro mexicano antes de treparse a su bici, nosotros nos subimos a otro taxi y Harmodio se quedó ahí, en medio de la noche parisina, con su novela bajo el brazo. lf.
Postal 1, El Louvre.

Cuernito con mermelada, café olé, un galuasillo matinal ¡fuera! Empezó la competencia para más-mirar el Louvre en medio de un día nublado. Entramos sin sigilo como buenos turistas a ver lo que se supone que hay que ver. Es decir, a saludar al póster de la Monalisa a 10 mts. de distancia, tras un cristal y un chingo de turistas con cámara. ¿Quién se cree que esos cuadros, al alcance de un mocoso de tres años que ose estirar la mano, son los verdaderos? No creo que importe mucho, la mayoría de la gente ya no va a ver los cuadros, sino a tomarse una foto con ellos para que quede constancia de que estuvieron ahí. El cuadro les vale madres. Como sea yo fui feliz con la colección egipcia y, por la tarde a esculturas griegas varias. Prometo pormenores en postales posteriores.
Postal 2, Pato a la pantunfla

En el inter nos escapamos a una comida con pato que nos invitaron una amiga inquieta que para burlarse de sí misma dice tener cerebro de pantunfla, y un sabio sonriente con una mano de madera oculta, junto con su historia, en un guante negro. Son los seguidores del Santo Santiago, los que en su nombre han vivido aventuras por todo el mundo, los que por él protegidos van tejiendo historias. De ellos aprendemos siempre que, con la edad, las energías y la sed de aventura debe ir in crescendo.
Postal 3, Balthus y esculturas vivientes

Entrada ya la tarde nos arrastramos, agotados, por las escaleras eléctricas del Pompidú. Vimos nuestros primeros Kandinskis, Pollocks y Modiglianis, pero fue con Balthus con quien tuve que frenar mis manos. De pronto el cuadro no era eso, sino una escultura de arena desvelando un sexo ténuemente iluminado. Que la imagen surja así de la textura es sublime. S. tuvo que arrastrarme lejos del cuadro, recordarme que teníamos una cita, y me prometí volver a ese cuadro, algún día, mientras las esculturas vivientes le daban la espalda a París y vigilaban nuestra huída con su alma vaporosa.
La noche de los blogueros
Corrimos, literalmente, por las calles de París en busca de su cementerio. Ahí habíamos quedado de vernos con Harmodio, a quien no conocíamos y a quien le había dado por referencia, como si todo el mundo se citara en el Panteón, que llevaría una bolsa inconfundiblemente amarilla. Al llegar lo reconocimos junto a otros dos amigos que sí conocíamos. Me sorprendió que fuera más joven de lo que yo lo imaginaba, que no sostuviera en frágil equilibrio a su amada bicicleta que si no mal recuerdo se llama Valkiria, que no llevara puesta una camiseta inconfundiblemente mexicana. Antes que las preguntas sus ojos llevaban escudriñándonos -sí, bolsa amarilla- toda la explanada. Musofóbico de mirada oscura y curiosa, nos llevó a un bar que dice es mítico, tendría que serlo llamándose el Pantalón y teniendo una perra regordeta inspeccionando alegre las piernas de todos los clientes.
Hablamos un poco del blog, él dijo que era curioso cómo uno se forma imágenes de la gente, pero no me dijo nada sobre cómo me había imaginado. Conversamos también sobre ex-oruga gritona, nos confesamos fans y concluimos que si vive en Venado Tuerto es porque está terriblemente enamorado. Pronto la conversación derivó hacia los corpus lingüísticos, la programación y los tipos de léxico. Logramos que nuestros amigos mexicanos, padre e hija, se bebieran 3 chelas a pesar de la tarea de francés y los proyectos sobre los cuales dar cuenta y se quedaron hasta poco después de que llegó el resto de la banda hispano-francesa.
¿Debo nombrarlos? Ninguno lee mi blog así que supongo que da igual: llegaron el Copista, Hanna y Marcos. Su llegada fue contundente, cargada de acentos locales, de delicias lingüísticas sin contaminar por su estancia en el extranjero. Aunque Hanna se dedica a la investigación sobre el exceso de vida y la incapacidad de morir de las células cancerígenas, también escribe, así que en tanto el Copista le entregó a Harmodio una copia comentada de su novela (sí, la tan anunciada, sufrida y extrañada en Malversando), aquello se convirtió no en un taller literario, pero sí en una reunión de talleristas que se conocen muy bien. Me sorprendió que estuvieran tan seguros de su arte y del de sus compañeros. La noche fue desdoblándose en secretos a voces sobre sus amados autores. El Copista tuvo a bien narrarnos su tesoro: un golpe accidental que dejó con la nariz sangrante a un skin y que le ganó una tarde en compañía de Bolaño. Luego defendió a capa y espada que el siglo XX era de Borges. Con Marcos discutimos Tala y si aquel desdén por Viena sería o no una tradición; sostuve, sí, en París, que demasiado bienestar lleva siempre a un vacío, pero no sé si alguien, además de S. comprendía lo que quería decir. También intenté explicarle que para nosotros, que no tenemos vida social, el blog es otra forma de existencia y de sentido, más allá de la elaboración de personajes.
Las chelas se multiplicaron, los hombres jugaron a entretenerse con una mesera semioriental ( pero era ella la que se entretenía con ellos). Le confesé a Hanna que el gesto de pegarse una cinta de empaque con el letrero "Frágil" en la cintura era un acto revelador y lleno de valentía. Quería decirle que la fragilidad es valiosa y que su admisión, así, en medio de la noche, protege su inocencia, pero éramos demasiados y yo acababa de conocerla. La noche en París es corta y la chela cara, debe ser por eso que todos se pusieron muy jarras muy pronto. Hubiera deseado que la noche fuera más larga, las chelas más baratas y la lucidez más aguantadora. Hubiera querido platicar más con Harmodio, sobre los libros que no le robó a su vecina, sobre la gramática del espacio como posibilidad narrativa, sobre los garabujos y el mixionario. A las 2 am. Hanna recordó que al día siguiente tenía una entrevista de trabajo a las 10 y se puso a perseguir taxis. Marcos hizo el cuatro mexicano antes de treparse a su bici, nosotros nos subimos a otro taxi y Harmodio se quedó ahí, en medio de la noche parisina, con su novela bajo el brazo. lf.
jueves, julio 19, 2007
Maniática obsesiva
Interrumpo este diario de viaje para aceptar públicamente que soy una maniática obsesiva. Sí, señoras y señores, hoy a fuerza de matar cucarachas, descubrí que soy un animal mucho menos civilizado de lo que creía; es más, soy un animal territorial deseoso de venganza. Ya había comentado en este espacio el profundo odio que le profeso a las arañas blancas que atacan a mis plantas, pero poco a poco he ido comprendiendo que odio a cualquier grupo -especialmente no mamífero- que intente establecerse en mi casa. Gracias a la construcción del piso de abajo, poco a poco horrorosas cucarachas han ido apareciendo por aquí. El primer día mi reacción fue de horror, lo cual le dio tiempo al bicho para escapar. El segundo día intenté matarlo, pero mi asco era tanto que no atiné a darle. El tercero descubrí que tengo reflejos cazadores y ahora las mato rápidamente y sin piedad. El problema es que su presencia, como la tesis, los garabujos y lo que diga mi tutora de mi trabajo, me obsesiona. Veo movimiento en un reflejo y me salta la adrenalina del gato que aguza oido y saca las garras listo para cazar, y resulta que lo visto es mi propio parpadeo en el espejo cóncavo de una cuchara; siento alguna cosquilleo en el pie -nunca me han tocado, que no se atrevan- y estoy lista para tirar el zarpazo cuando descubro que se trata de uno de mis cabellos recién caído; veo cualquier punto negro que salga del patrón del paisaje y ya estoy buscando antenas que aplastar.
Pero el problema no soy yo, yo soy perfectamente capaz de vivir con mis manías y obsesiones, que hasta ahora ninguna ha sido impedimento para llevar una existencia normal. El problema es para quien vive con el maniático obsesivo, en este caso S. ... Esta mañana, decidida a acabar con los bichos, le he informado que iba en busca de trampas y tópers para no dejarles la más mínima posibilidad de acceder a una migaja de comida. Al volver le he informado que iba a lavar, limpiar y colocar las trampas, a lo que él respondió "¿De verdad no puedes pensar en otra cosa?" Me disculpé diciendo que había que hacerlo pronto porque ya era hora de comer, pero la verdad es que quería responder que no, que no podía pensar en otra cosa, que soy una maniática obsesiva, que tengo que mantenernos a salvo de los bichos. Pero no pude, y desde entonces estoy pensando en esas pequeñas manías que compartimos: proteger los monitores de los ordenadores de los dedos de la gente, tener siempre queso y chorizo en el refrigerador, respaldar nuestro trabajo compulsivamente, escribir el blog cuando el sueño ya reclama cama, pequeñas obsesiones que el uno no sólo ha aceptado del otro, sino incluso adoptado.
Suspiro. Deseo que S. siga riéndose de mis obsesiones como esta tarde al decir que para acabar con ratones se necesitan gatos y para acabar con bichos se necesitan lingüístas maniáticos, deseo poder seguir riéndome de mí, aunque sea en cómic.lf.
Pero el problema no soy yo, yo soy perfectamente capaz de vivir con mis manías y obsesiones, que hasta ahora ninguna ha sido impedimento para llevar una existencia normal. El problema es para quien vive con el maniático obsesivo, en este caso S. ... Esta mañana, decidida a acabar con los bichos, le he informado que iba en busca de trampas y tópers para no dejarles la más mínima posibilidad de acceder a una migaja de comida. Al volver le he informado que iba a lavar, limpiar y colocar las trampas, a lo que él respondió "¿De verdad no puedes pensar en otra cosa?" Me disculpé diciendo que había que hacerlo pronto porque ya era hora de comer, pero la verdad es que quería responder que no, que no podía pensar en otra cosa, que soy una maniática obsesiva, que tengo que mantenernos a salvo de los bichos. Pero no pude, y desde entonces estoy pensando en esas pequeñas manías que compartimos: proteger los monitores de los ordenadores de los dedos de la gente, tener siempre queso y chorizo en el refrigerador, respaldar nuestro trabajo compulsivamente, escribir el blog cuando el sueño ya reclama cama, pequeñas obsesiones que el uno no sólo ha aceptado del otro, sino incluso adoptado.
Suspiro. Deseo que S. siga riéndose de mis obsesiones como esta tarde al decir que para acabar con ratones se necesitan gatos y para acabar con bichos se necesitan lingüístas maniáticos, deseo poder seguir riéndome de mí, aunque sea en cómic.lf.
miércoles, julio 18, 2007
París, día 2, 11/07/07, El sueño impresionista

Día gentil de trazos impresionistas. Vi por fin los cuadros que adornaron la habitación de mi infancia. En uno de ellos las manchas de sol juegan a escaparse, en el otro se repite siempre el mismo rostro femenino. Eso me lo hizo notar un pintor cuando yo tenía 16 años, él me sumaba más de veinte y trataba de seducirme diciéndome que yo era así (entonces supe que los rumores de que era esquizofrénico eran ciertos). Me gustó sentirme abrumada por las dimensiones del lienzo, superar la memoria tamaño "póster".
Por la tarde S. leyó una comunicación sobre pliegos de cordel en una mesa de teatro. Tema difícil que siempre acaba en mesas ajenas. Le fue bien: los teatreros (de cariño) vieron de pronto su tema de trabajo en pliegos colgando de un hilito para el vulgo y se preguntaron qué significaba eso para los autores.
La noche se resolvió en una excursión a Montmartre con Risa Rubia, luego de unas chelas y unas crepas me trepé en la reja de entrada y tomé insistentemente fotos que prometían quedar sólo como difusas manchas de luz. S. dijo que la foto debía habérmela tomado él, conmigo encaramada a media noche en la reja de una iglesia parisina.
Fue un día gentil que, quizá por ver de cerca los dos cuadros emblemáticos de mi infancia -aquella, la excesiva y feliz- sabe, desde esa misma noche, a recuerdo ya añejo. Esa noche soñé con iglesias multiplicadas y difuminadas por el tiempo. No hubo palabras para explicar el motivo de su silencio. lf.
martes, julio 17, 2007
París, día 1, 10/07/07, El tiro por la culata
Nuestro vuelo Madrí-París salía a las 6am. Lo compramos por ser el más barato, pero como los nervios no nos dejaron dormir y a las 3am no hay autobuses, nos salió el tiro por la culata y tuvimos que pagar taxi desde el pueblo. El vuelo atravesó nubes sin problemas y al llegar a París hallamos la manera de tomar el tren correcto a la ciudad. Nos sorprendió lo extremadamente caro del pasaje, lo antiguo que se ve veía el tren y luego lo mal que olía el metro. La superficie fue un extraño alivio: dimos justo con el centro comercial Lafayette (o como se escriba) en plena época de rebajas con su respectivo mar de mujeres neuróticas, pero aún así logramos escapar y llegar al hotel por puro instinto de gato callejero. Eran las 11am y estábamos muertos de hambre y de sueño, con ropa de verano en clima de otoño, deseando sólo un lugar donde bajar la maleta y cerrar los ojos. El recepcionista del hotel nos dijo que hasta las 2pm nada de habitación pero que nos recibía las maletas, así que nos lanzamos a por la primera baguet con café olé. Con esa primera cuenta de la braserie supimos que tendríamos que hacer lo posible por comer cositas del super y guardar la pasta para otras cosas.
Finalmente llegamos al congreso en el que S. tendría que presentar su comunicación. Rostros antiguos lucían arrugas nuevas, un paso más lento, una graduación más en los lentes. Nos quedamos al almuerzo, uno de pie pero lujoso, de humanistas con presupuesto que no por nada era un congreso en París. Entonces me sentí como antaño: diminuta, pequeñísima a pesar de mi talla, sin voz, sin ojos y sin manos, sintiendo que cada palabra dicha era peor que una nulidad, era algo que desvelaba mi ignorancia, mi estupidez, mi tontería. Nunca me he sentido bien en las grandes reuniones, defiendo a capa y espada la intimidad de un café o de un bar donde no puedan juntarse más de cuatro o cinco sillas, la confianza de poder oír lo que la vista abarca. Gracias sean dadas por las risas argentino-mexicanas de una rubia inteligencia que desde hace varios viajes, en su abrazo me hace sentir como en casa.
Finalmente regresamos al hotel y nos fue otorgado el don del descanso. La vista de la habitación bien valió el pago: hermosos instrumentos de cuerdas recordándome siempre el "la" con el que Amalfi y su viola atigrada inaguraban mis tardes guanajuatenses. Luego la noche se hizo hilando puentes, andando por St. Michel, viendo de fuera Notre Dame con un acróbata de fuego, admitiendo lentamente que la ciudad era hermosa y que su belleza no se agotaría sino hasta caminar muy en las afueras.
Esa noche soñé que no era lingüísta, que las políticas de homogeneización y enseñanza de la lengua me valían madres, que las palabras y yo nos amábamos sencillamente, sin reglas gramaticales, que lo nuestro era un idilio puramente semántico. lf.
Regreso
Regreso lentamente a ésta, mi casa y sus costumbres: libros, música, plantas y garabujos por todas partes. Sufro de ese delicioso mal de post-viaje en el que las vivencias se convierten en recuerdos. Los síntomas son un cansancio absoluto, un sentirse abrumado entre una realidad viva y otra agonizante, un deseo no admitido de ser para algunas cosas Funes el Memorioso. Todo esto viene acompañado de la feliz incredulidad de la renovación de la beca. Además de lo que eso significa en términos formalmente académicos -entiéndase terminar la tesis y regresar titulados a México lindo y querido- para mí significa la sobrevivencia de un par de proyectos creativos en marcha que de otra forma habría tenido que interrumpir. Saboreo las líneas que vendrán esta tarde, la tinta que felizmente me manchará los dedos. Tengo la libreta de viaje llena de notas para el blog: soportes invisibles en espaldas de mármol, un musofóbico sonriente con una novela bajo el brazo a media noche en París, el tesoro de un copista con acento norteño, la arena en óleo que da volumen al sexo desvelado en los cuadros de Balthus, pero todo está tan fresco, mis ojos tan callados, todo vendrá después del sueño. lf.
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