viernes, noviembre 28, 2008

Cansancio

El cielo está blanco y promete un día entero de frío. No tengo tetera, ni piano, ni una novela empezada. Sólo trabajo. Huyo y me refugio en este blog abandonado y me repito que unas líneas pueden salvarme del horizonte. Hace unos días encontré un alacrán diminuto sobre el techo. Era tan pequeño que cabría en el círculo de mis anillos. S. lo bajó con un vaso y un papel, y otros miembros de la familia reclamaron su muerte. Hubo en nuestras miradas la complicidad de los amantes y S. lo llevó cinco pisos abajo para que conociera la selva del jardín frontal... desde entonces sueño que soy ese alacrán diminuto sorteando por la vida gritos que claman mi muerte. lf.

domingo, noviembre 09, 2008

Pátzcuaro, post atrasado del fin de semana anterior


Escribo envuelta en un rebozo que huele a pueblo, a tierra y pan dulce, y es que, a pesar de los llamados de mis múltiples obligaciones, no acabo de regresar de la tranquilidad de Pátzcuaro. Van aquí las primeras impresiones del que deseo sea el primero de muchos viajes:

Viernes
Llegamos, invitados por no sé que extraña coincidencia, junto con la luz dorada de la tarde. En el centro, una amplitud inesperada y el mercado como una fiesta que caída la tarde se levanta perezosa y vuelve a casa. Pero ahí no se acaba la música, con lámparas y faroles se llena de vapores y humos la noche: descubrimos las corundas, nos enmielamos en camote y enterramos los dientes en la más deliciosa cocada. La noche se extiende y lo que sigue es el reconocimiento de una amistad desconocida pero anunciada, sus largas explicaciones de lo que vendrá mañana y una sornisa amplia y duradera. Duermo con un poco de miedo: temo siempre a los estudiantes que desconozco.

Sábado. Me trepo al cochesito-maraca de nuestra amiga y anfitriona con el único café que pude conseguir a las 7 de la mañana: un capuchino de máquina del oxo. Salimos del pueblo y andamos por cerros y nubes al rededor de 1 hora y media para llegar por fin a Paracho. En su plaza, mujeres de largas trenzas conversan y bordan con punto de cruz casi sin ver la tela. Hace frío. Nos instalamos en un salón de la casa de la cultura y poco a poco van llegando hablantes nativos de p'urhépecha: profesores de primaria y secundaria, otros que no son profesores pero que enseñan su lengua, uno que otro universitario, un hombre reconocido al que todos se levantan a saludar. Y al principio yo hablo y hablo y sus rostros son todos silencio, que si soy gringa, que de dónde mi nombre y mi trabajo, hasta que por fin me van regalando sonrisas y me cuentan de sus clases y de lo que piensan. Hay en ellos tantas ganas y tanta atención que me siento inmensamente afortunada pero a la vez siento mucha responsabilidad. A la hora del almuerzo van y comen borrego, a la hora de despedirnos me dan la mano y me sonríen "A ver si nos vemos otra vez" me dicen, y con esa voz nos vamos de Paracho.
Durante la tarde en Pátzcuaro vemos de lejos el lago, tomamos café y helado en la plaza, compramos un mantel para esta pobre mesa que lleva años desnuda. Me sabe a poco esta estancia. Encaramados en un balcón S. y yo nos tomamos un cerveza de despedida y decimos en voz alta lo que estos meses de vuelta en México nos han dejado claro: aquí parece como si todo estuviera por hacerse, y si la gente se decide, hace, y cada noche es una promesa, y el verde, la gente y las palabras, y el sol, el maíz y la tierra, y los coyotes que se atraviesan por la carretera, y los colores, los sabores, los aromas, se le van a uno metiendo bien dentro y haciendo nido hasta que uno se siente de nuevo en casa y da gusto estar de vuelta, aunque todo parezca un desgarriate, da gusto estar de vuelta. lf

sábado, noviembre 01, 2008

Mamá Luisa

Y que esta noche cierto olor a miel te traiga a mi casa.
Que al llegar encuentres la mesa que he puesto para ti:
que bebas el agua y deambulen tus dedos sobre los pétalos de las flores.
Que te sean placenteros los antiguos sabores de la tortilla y el queso fresco, del aguacate y el pan y el tequila, y ese dulce para niños que te acompañó los últimos años de tu vida. Que justo antes del alba tus manos jueguen por igual con la muñequita rusa y con el rosario. Que antes de marcharte te asomes casa adentro y me des como siempre, como antes y aunque esté dormida, tu bendición. lf.

viernes, octubre 31, 2008

Rosete sueña que baila un vals suave con la cocinera rusa, al estilo del de Arenski para dos pianos. H. Hiriart


¿Cuánto tiempo se puede vivir inmerso en el más puro trabajo sin escapar siquiera de vez en cuando en busca de la belleza? Que quede claro que me encanta mi trabajo, pero que mi pobre alma atormentada exige poesía, color, la harmonía de las palabras bien elegidas. Después de una semana de dar clases sin parar, me levanto amodorrada a las 8 en vez de las 5 de la mañana. S. se marcha a una reunión con nuestra amada M.F. con la tarea de preguntar cómo se traduce "Cancionero" como tradición. Yo me quedo aquí, clavada en la biblioteca con múltiples obligaciones laborales. Intento en vano cumplir una promesa y revisar una traducción. No logro concentrarme, tengo hambre y un caimán acostado en la mesa me observa. Me rindo. Preparo un café con leche y unas tostadas, me siento a la mesa y miro fijamente al cocodrilo. Narra la historia de Jonás convertido en Rosete en palabras de Hugo Hiriart. ¿Sabrá ese hombre cuánto tiempo de mi vida se ha llenado y alegrado con sus letras? Y así llego a la conclusión de que yo no puedo durar mucho inmersa en el árduo trabajo que no me alimente con regularidad de la más pura belleza. "Hagámos un trato -le digo al caimán- por cada tarea cumplida, un acto". Me mira decepcionado, gruñe levemente y tuerce el cuerpo para alejarse, algo cruza por su mente y lo detiene y en un movimiento ágil y extremo se voltea y me traga de un sólo bocado. Escribo desde dentro suyo mientras sigue con su teatro: "Rosete sueña que baila un vals suave con la cocinera rusa al estilo del de Arensky para dos pianos".

lunes, octubre 27, 2008

Papel de china


El día está nublado y sobre nosotros cae un frío calado, como los papeles picados de las ofrendas que están siempre un poco llenas de vacío. Deambulo de trabajo en trabajo y en todas partes me recibe el aroma meloso del cempazúchitl. Me siento en un jardín de Ciudad Universitaria deseando que el cielo no se me caiga a pedazos, arropándome en una chamarra vieja que huele al clóset húmedo de años pasados. Veo a los estudiantes pasar y saboreo esta incertidumbre involuntariamente prolongada. Me observo una cortada en el dedo medio que no sé cómo ni cuándo me hice y hago oídos sordos a las exigencias de mi contexto: pensar, planear, hacer y trabajar todo para el futuro porque he pasado de ser una joven promesa a ser una no tan joven pobreza. Y pareciera que no me importaran las cosas, que el ritmo y los pasos establecidos no me sirven de guía ¿Quién me asegura el amanecer de mañana? ¿Con qué certeza me veo esta hendidura en el dedo medio y me digo "No moriré"? Y es en esta incertidumbre que no hay mañana, sólo el ahora con el cielo a punto de caerse a pedazos y este frío caladito de papel de china.
lf.

PD. Imagen original de http://www.flickr.com/photos/9382721@N06/877030287/

miércoles, octubre 15, 2008

Diminutos reinos

En esta, mi nueva y ajetreada vida poblada de alumnos con ojos y orejas, idiomas y verbos, risas y reclamos-deseos, futuros, desvelos... me descubro llevando bitácoras sumamente detalladas de mi trabajo. Cuando lo pienso me parece un poco ridículo porque es como si mediante ellas quisiera dominar un mínimo trozo de mundo, ser la soberana de un diminuto reino, la escribana del caos de mi cotidianidad. Miro estas cosas: una mesa desbordada, un estuche de lápices con compartimentos, una libreta con banderitas, dibujos de bestias, poemas esbozados y en la memoria una secuencia circular de rostros y nombres. Comprendo, de alguna manera, que sobrevivo a mis propios deseos y que hay en ello algo alentador y aterrador al mismo tiempo. Entonces, sigo. lf.

jueves, octubre 09, 2008

Españoladas

Mi junta acabó temprano y tengo un par de minutos libres, así que vengo y escribo un post furtivo. Muchos de los hábitos de nuestra vida española han desaparecido: ahora hay que comprar el super de la semana de una vez en lugar de cada día, no se puede ir uno de marcha por la calle y tampoco tenemos dónde ir a nadar. Ayer, cansados del trabajo y guiados por un volado, nos escapamos por un café y entonces me salieron un mogollón de españoladas: "Quiero un capuchino pequeño, con leche desnatada y corto de café". La chica del mostrador se me quedó viendo con cara de "What?" y tuve, que reformular mi café disimulando la risa: con leche descremada y poquito café. Fue muy gracioso, pero lo mejor fue cuando ahí mismo nos apuntamos a una cata de café gratis (A quién le dan café que llore) y le pedí su boli. La cara de la mesera exclamaba ¿Boli? ¿Bolillo? ¿Boliche? ¡ay! Y por dentro me reí mucho de estas españoladas. lf